Lectura del Día

Sábado de la undécima semana del tiempo ordinario
Santo(s) del Dia: San José Cafasso

Segundo Libro de Crónicas 24,17-25.
Después de la muerte de Iehoiadá, los jefes de Judá fueron a postrarse delante del rey, y este se dejó llevar por sus palabras.
Entonces abandonaron la Casa del Señor, el Dios de sus padres, y rindieron culto a los postes sagrados y a los ídolos. Por este pecado, se desató la indignación del Señor contra Judá y Jerusalén.
Les envió profetas que dieron testimonio contra ellos, para que se convirtieran al Señor, pero no quisieron escucharlos.
El espíritu de Dios revistió a Zacarías, hijo del sacerdote Iehoiadá, y este se presentó delante del pueblo y les dijo: "Así habla Dios: ¿Por qué quebrantan los mandamientos del Señor? Así no conseguirán nada. ¡Por haber abandonado al Señor, él los abandonará a ustedes!".
Ellos se confabularon contra él, y por orden del rey lo apedrearon en el atrio de la Casa del Señor.
El rey Joás no se acordó de la fidelidad que le había profesado Iehoiadá, padre de Zacarías, e hizo matar a su hijo, el cual exclamó al morir: "¡Que el Señor vea esto y les pida cuenta!".
Al comenzar el año, el ejército de los arameos subió a combatir contra Joás. Invadieron Judá y Jerusalén, ejecutaron a todos los jefes que había en el pueblo, y enviaron el botín al rey de Damasco.
Aunque el ejército de Arám había venido con pocos hombres, el Señor entregó en sus manos a un ejército mucho más numeroso, por haberlo abandonado a él, el Dios de sus padres. De esta manera, los arameos hicieron justicia con Joás,
y cuando se fueron, lo dejaron gravemente enfermo. Sus servidores tramaron una conspiración contra él para vengar la sangre del hijo del sacerdote Iehoiadá, y lo mataron cuando estaba en su lecho. Así murió, y fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el sepulcro de los reyes.


Salmo 89(88),4-5.29-30.31-32.33-34.
Yo sellé una alianza con mi elegido,
hice este juramento a David, mi servidor:
«Estableceré tu descendencia para siempre,
mantendré tu trono por todas las generaciones.»

Le aseguraré mi amor eternamente,
y mi alianza será estable para él.
le daré una descendencia eterna
y un trono duradero como el cielo.

Si sus hijos abandonan mi enseñanza
y no proceden de acuerdo con mis juicios;
si profanan mis preceptos
y no observan mis mandamientos.

Castigaré sus rebeldías con la vara
y sus culpas, con el látigo.
Pero a él no le retiraré mi amor
ni desmentiré mi fidelidad.


Evangelio según San Mateo 6,24-34.
Dijo Jesús a sus discípulos:
Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido?
Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?
¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?
¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer.
Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos.
Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!
No se inquieten entonces, diciendo: '¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?'.
Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan.
Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.
No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.



Comentario del Evangelio:

«¡Qué bellas son tus obras Señor!»
San Buenaventura (1221-1274), franciscano, doctor de la Iglesia
La belleza de las creaturas, con la variedad de luces, de dibujos y de colores de los cuerpos, así como los astros y los minerales, las piedras y los metales, las plantas y los animales, proclaman evidentemente los atributos de Dios. El orden de los seres nos permite descubrir en el libro de la Creación la primacía, lo sublime y la dignidad del Primer principio en su infinito poder. El orden de las cosas nos toma por la mano y nos guía con toda evidencia hasta el Ser primero y soberano, todopoderoso, absolutamente sabio y perfectamente bueno. Aquél que no es iluminado por tanto esplendor creado es un ciego. A quién no es despertado por tantos gritos es un sordo. A quién todas esas obras no lo empujan a alabar a Dios es un mudo. A quién tantos signos no lo obligan a reconocer al Primer principio es un tonto. Abre los ojos, prepara el oído de tu alma, desata tus labios, aplica tu corazón: todas las creaturas te harán ver, escuchar, alabar, amar, servir, glorificar y adorar a tu Dios. De lo contrario asegúrate de que el universo no se ponga en contra tuya. Pues por olvidar esto «el mundo entero luchará contra los insensatos» (Sab 5:21), mientras que será una fuente de gloria para el sabio que puede afirmar con el profeta: « ¡me alegras con tus obras Señor, por tu creación; voy a gritar de júbilo ante las obras de tus manos!» (Sal 91:5). ¡Qué magnificencia en tus obras, Señor! ¡Las hiciste todas con sabiduría, la tierra esta repleta de tus dones! (Sal 103:24).

    

Lecturas y comentario tomados del evangeliodeldia.org